SPECIAL DELUXE: MI VIDA AL VOLANTE (Neil Young)

Special-deluxe(Malpaso)

Hay gente que calcula distancias con manos o pies, otros llegan a medir utilizando las dimensiones de campos de fútbol, y los más astronómicos lo hacen en pársecs, si el trecho lo permite. Neil Young no es de esos: acostumbrado a ir contra corriente, el canadiense enmarca el trayecto recorrido empleando unidades de medida distintas a las habituales, como el precio de la gasolina vigente durante un año determinado o la cantidad de kilos de CO2 emitida a la atmósfera en alguno de sus viajes a cuatro ruedas. Al igual que muchos ponemos banda sonora a momentos muy concretos de nuestra vida, Young hace rugir los motores de su memoria y circunscribe alrededor de una de sus mayores pasiones –los coches- su segunda entrega biográfica (la primera, ‘El sueño de un hippie’, fue publicada por Malpaso el año pasado). ‘Special Deluxe: mi vida al volante’ encuadra en el espejo retrovisor una nueva tanda de recuerdos del autor de ‘After The Gold Rush’ a través de los años, desde su niñez a la actualidad, todos ellos cuidadosamente acomodados en los asientos de vetustos Monarch, elegantes Chrysler, robustos Lincoln, incluso mayestáticos coches fúnebres (como su querido Mort, un Buick Roadmaster del ’48)… esto es, los vehículos que han acompañado al genial músico a lo largo de todo el camino (y que el propio Young recupera orgulloso con una serie de dibujos a mano hechos por él mismo). Con un lenguaje sencillo y certero, a menudo rayando en tonos de novela costumbrista, el viejo Shakey recupera batallitas junto a Crosby, Stills & Nash y los Crazy Horse, reflexiona sobre sus fracasos conyugales e incluso saca a relucir borrosas efemérides onanistas junto a pedófilos de barrio, pero sea cual sea el tema a tratar –música, desamor, ecología, drogas, avances tecnológicos-, todo acaba encontrando un epicentro común, entrando en combustión directamente a las tripas de su pasión automovilística. ¿Lo mejor de todo? Que Young hilvana efemérides con una naturalidad tan arrebatadora y diáfana (a pesar de los miles de porros fumados) que no hace falta que el lector conozca su obra al detalle, ni siquiera que entienda de coches, para disfrutar del viaje; un viaje que, básicamente, encierra bajo la carrocería de sus múltiples compañeros metálicos la historia de un hombre y sus obsesiones, y de cómo estas han forjado y dan sentido a una existencia y un legado artístico con todavía muchos kilómetros por recorrer.

ALBERTO DIAZ

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