RECORDANDO A CHRIS CORNELL

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Ha pasado poco más de una semana desde la trágica noticia. Una semana sin Chris Cornell, en la que, inevitablemente, hemos rememorado todo lo que nos ha unido a este inmortal artista a lo largo de las últimas décadas. Tardaremos un tiempo en acabar de encajar el golpe, pero sin duda su música será el mejor bálsamo para poder enfrentarnos a la realidad. Los redactores de ROCK ON rendimos nuestro humilde tributo a su persona, recogiendo pensamientos y recuerdos en honor a un artista único en su especie.

GRANDES AMIGOS EN TIEMPOS OSCUROS

Pongo una vez más ‘Higher Truth’. Ya me he cansado de leer noticias sobre el fatal desenlace, datos que no servirán de nada y que sólo aportarán más dolor a todo esto. Chris Cornell ya no está entre nosotros, aunque, afortunadamente, su música seguirá viva durante mucho tiempo. Quedémonos con eso. Con eso, y con todas y cada una de las memorias que nos unirán a él, recuerdos que hicieron de este hombre un amigo en la distancia. ¿La voz de una generación? Por supuesto, aunque todavía sea más bonito recordarle como una voz que nos arropó y acompañó en nuestros mejores (y peores) momentos, a lo largo de la última década y media. Bramando nuestra propia rabia existencial, musitando cálidas palabras de amor y esperanza o vociferando ásperos exorcismos que pusieran fin a nuestros demonios, la voz de Cornell ha sido la nuestra… y, joder, ¡qué bien hemos cantado durante todo este tiempo! Su muerte, por inesperada y prematura, por injusta y trágica, es de las que duelen de verdad; de las que te hacen llorar como un crío sin necesidad de sentir vergüenza o verte como un bicho raro. Mi conexión con Cornell se remonta, como muchos de vosotros, al momento en que ‘Badmotorfinger’ vio la luz, a finales de 1991, pero –a pesar de amar sobre todas las cosas a Soundgarden- también me ha fascinado su posterior evolución como artista en solitario o en compañía de otros músicos, tanto en sus aciertos como en sus más estrepitosos fallos, pero incluso en sus momentos más bajos (¡vete al infierno, Timbaland!) el bueno de Chris mantuvo intacta parte de su lánguida chispa y, en cierto modo, brilló con su particular fragilidad e innata atracción hacia la confusión y lo imprevisible. Y sí, esta última semana ha sido emocionalmente devastadora: uno todavía no puede –ni quiere- creerse lo que ha ocurrido, a pesar de que no haya vuelta atrás. Por eso, prefiero no pensar en ello y opto por pinchar discos que nunca han dejado de girar en mi tocadiscos; no dejo de darle al play a compactos que hace tiempo cumplieron la mayoría de edad, pero siguen sonando tan frescos como el día en que vieron la luz; sigo echando la vista atrás con cariño, con rabia y con una gratitud infinita, sintiéndome afortunado de haber coincidido con este hombre durante todo este tiempo, de haber vivido tan buenos momentos en su compañía. Recuerdo las palabras que me dijo hace exactamente diez años, cuando le entrevisté para el Popu, e hizo referencia a su ciudad natal y a todos aquellos hermanos caídos en batalla: “eran grandes amigos en tiempos oscuros”, afirmó. Y uno no puede dejar de pensar en que, efectivamente, esos son los verdaderos amigos, los que te acompañan en los mejores momentos, y también en los más sombríos. Chris Cornell ha sido uno de esos amigos, para todos nosotros. Y en estos momentos oscuros, lo mínimo que podemos hacer es agradecerle que haya estado ahí. Así que… gracias, Chris. Nos vemos ahí arriba.

ALBERTO DIAZ

AULLIDOS INMORTALES

¿Habrá alguien en el planeta Tierra que no admirase a Chris Cornell por cualquiera de sus cualidades? Supongo que sí, de todo hay en la viña del señor, pero lo cierto es que cuesta entender que cualquiera no caiga rendido simplemente con escuchar cantar a este hombre. La mejor voz de su generación, qué duda cabe, y eso que hubieron grandes cantantes en los noventa. Pero no sólo hablamos de un gran vocalista, sino de un músico de los pies a la cabeza, enormemente talentoso y muy especial. En cuanto a su trayectoria, tengo que reconocer que no todo lo que hizo fue oro para mí; de hecho, aunque valoro y respeto toda su obra, nunca fui fan de Audioslave, y menos aún de su carrera en solitario (aunque en todos sus proyectos hay grandes canciones y siempre es un placer escucharle cantar), pero Soundgarden… ¡Dios mío, eso son palabras mayores! Esa banda lo fue todo en una época y, en gran parte, gracias a Chris. Son muchos los recuerdos ligados a su música: cómo olvidar cuando descubrí esa monstruosidad llamada ‘Badmotorfinger’ (pocos discos me han volado la cabeza como lo hizo este), o la primera vez que me sumergí en esa obra maestra titulada ‘Superunknown’; cuando visioné por vez primera el impactante videoclip de “Jesus Christ Pose” o la grabación del concierto que dieron en el Pinkpop 92, con una banda desbocada y un Cornell joven, salvaje e imponente… En fin, aunque nunca tuve la suerte de verle en directo, son muchos momentos de mi vida unidos a sus canciones y a esa increíble voz que, cual lobo dominante, seguirá aullando para siempre en nuestros corazones. Buen viaje, maestro.

JUANVI PEDRO GILABERT

UNA HERENCIA ETERNA

Recuerdo como, con apenas dieciséis o diecisiete años me llegó el bofetón de todas aquellas bandas calificadas como “grunge” que poblaban las portadas de las revistas musicales. Dos se llevaban la palma para mí: eran Soundgarden y Pearl Jam. Alice in Chains se me hacían demasiado oscuros entonces, y que mis primas llevaran fotos de Nirvana en la carpeta del instituto, los descartaba directamente. Así que me quedaban Eddie Vedder, Chris Cornell y los suyos. No sé qué disco me noqueó más aquel 1991, si ‘Ten’ o ‘Badmotorfinger’, pero ambos me confirmaron que había un estilo para mí. Que era posible sentirme identificado con alguien, algo tan necesario en la adolescencia. Por eso, empecé a vestir camisas de cuadros de franela y pantalones semi rotos. El siguiente paso era convencer a mis amigos de todo aquel mundo que me entusiasmaba, aquel que recogía un especial de Popular 1 que todavía guardo con cariño o que reflejaba poco después la película ‘Singles’. Evidentemente, no lo conseguí. Con el tiempo, Pearl Jam tomó la delantera entre mis gustos, quizá porque nunca conecté con Audioslave, aquel nuevo proyecto de Cornell con los RATM, pero siempre conservé por Chris aquel cariño que se tiene por casi todo lo que sucede en tu adolescencia. Hasta que nos reconciliamos gracias a sus discos en solitario. No eran Soundgarden, pero para alguien más maduro, ya era suficiente. Ahora Cornell ya no está, y poco me importa cómo se ha ido. Lo importante es que no grabará más canciones y, sobre todo, no volveremos a oír su espléndida voz en directo. Aunque debemos estar contentos también, porque nos quedan sus discos, esa magnífica herencia que convierte a todo artista que se va en eterno. Y Chris Cornell lo es.

EDUARDO IZQUIERDO

LA VOZ DE UNA GENERACIÓN

A un servidor, el estallido del grunge le pilló ya bien entrado en la veintena. De ahí que no tuviera el mismo significado que para aquellos que se adentraron  en el maravilloso mundo del rock gracias a aquel estallido de rebeldía juvenil, angustia existencial y tinieblas vitales que barrió de un plumazo el asunto “rock & roll toda la noche, fiesta todo el día” del sleazy y el hair metal angelino dominante hasta entonces. Esa perspectiva quizás también influyó para que no viera esa dichosa etiqueta (sí, el grunge) como un movimiento musical. Para mí, no lo fue. Los lazos que unían a todas aquellas bandas eran más estéticos (camisas de cuadros, pantalones cortos, jeans rotos, botas raídas) y de ubicación geográfica que musicales. ¿Qué cojones tenían que ver, a nivel artístico, Pearl Jam, Mudhoney, Stone Temple Pilots, Soundgarden o Nirvana? Muy poco, en realidad. Quizás por esa diferencia generacional no conecté nunca con los de Kurt Cobain. Puede parecer un sacrilegio, pero así es. Todo lo contrario que con Pearl Jam o Soundgarden, dos bandas de rock con un sonido y unas influencias mucho más clásicas de lo que a primera vista podría parecer. Escuchar ‘Badmotorfinger’ fue todo un pepinazo. “What a blast!”, que dirían los angloparlantes. Una sección rítmica de una consistencia feroz, una guitarra que gruñía como una motosierra pero que, al mismo tiempo, mantenía el pulso y acariciaba la melodía. Y la voz, sí, LA VOZ, de Cornell planeando por encima con una autoridad, un sentimiento, una expresividad y un timbre que lo colocaba en el Olimpo de toda una generación. Joder, aquello era brutal. Tenían tantos recursos y tanta imaginación que en el siguiente disco, ‘Superunknow’, podían colar dos temas de un potencial comercial enorme, “Black Hole Sun” y “Fell on Black Days”, sin perder ni un ápice de su identidad y su coherencia como artistas. No, mi relación con la garganta de Cornell y sus compinches (especialmente, Soundgarden y Temple of the Dog, pero sin olvidar momentos de Audioslave y de su carrera en solitario) no se basa en esa especial química que se forja en la adolescencia entre las hormonas, el descubrimiento de la identidad propia y los ídolos que uno toma como referentes. Mi relación con él es la de un irredento melómano que reconoce el talento y la inspiración y que ha obtenido, obtiene y obtendrá muchas horas de placer auditivo escuchando esas privilegiadas cuerdas vocales. Descansa en paz, Chris. Tu voz seguirá sonando mientras los que nos quedamos aquí te recordemos.

MANEL CELEIRO

DEPRIMIDO EN LA CIMA, O LA TRAGEDIA DE LA AUTOPROFECÍA CUMPLIDA

Parecería una mala película de humor si la realidad no fuera tan trágica. Sí, de aquellas que están llenas de clichés (de los baratos ¿eh?) y que tanta gracia le hace a ese público poco exigente. Ya sabéis, Cornell venía del grunge más cenizo y autodestructivo y, por lo tanto, tenía que acabar mal. Como Andrew Wood, Cobain, Staley y, en plan brocha gorda, Scott Weiland. Así, sin matices, ni rigor, ni respeto a la verdad, ni nada. ¡Ah! Y fijemos sin disimulo la mirada en Vedder, a ver si hace alguna cosa rara. Lo cierto es que cualquier muerte de nuestros referentes musicales -me resisto a llamarles “ídolos”- nos deja descolocados, como mínimo. Y más, cuando ésta se produce de forma voluntaria, como parece ser el caso (¿realmente quiso o fue un efecto de las putas pastillas que lo indujeron a ello?). La cuestión es que al final llegamos a la conclusión de que nadie conoce a nadie, el mundo es un lugar incierto y no hay lugar seguro donde refugiarte… a menos que lo construyas tú mismo. ¿Por qué diablos se iba querer morir un tipo guapo, talentoso y con una carrera llena de éxitos, comerciales y artísticos? Nadie conoce a nadie. Insisto.

Lo mío con Cornell fue un romance distante. Me voló la cabeza con ‘Badmotorfinger’ de Soundgarden y me proporcionó muchos buenos momentos con el primer disco de Audioslave. De hecho, sigo disfrutando intensamente de ambos trabajos. Del resto de su discografía, pues a ratos. Cornell fue posiblemente el mejor cantante de los que salieron del caótico y amorfo conglomerado grungie, tanto, que su talento trascendió fronteras estilísticas y hoy es llorado por todo el mundo. ¿Por qué no conecté tanto como debía? Pues seguramente fue una cuestión generacional, no hay que darle más vueltas. Pero sigo pensando que no sacó a su carrera todo el jugo posible. De hecho, su trayectoria en solitario no me interesó lo más mínimo y tampoco tengo un gran recuerdo de las dos veces que le vi en directo, con Soundgarden y Audioslave. No deja de ser mi opinión. Lo cierto es que, una semana después del triste suceso, pulsar las teclas para escribir estas líneas son como pequeñas puñaladas en el alma y que van a dejar cicatriz. Cincuenta y dos años no es edad para irse, y menos de esta manera. ¡A más ver, maestro!

YURI VARGAS

YO DEFENDÍ A CHRIS CORNELL

Para un servidor, desde los lejanos noventa, no ha habido voz más característica, potente y estremecedora que la de Chris Cornell. Y no he cambiado ese discurso con los amigotes en los últimos veintisiete años (ahora, tristemente, sólo me queda el chorro de voz de Ian Astbury de los Cult). Cuando en el año ‘96 vi a Soundgarden en el Palau de la Vall de Hebrón, sólo su voz “salvó” ese irregular concierto. Volví a rendirle pleitesía con Audioslave en Razz y en solitario en dos ocasiones: en el Roundhouse de Londres en septiembre de 2007 -con un set list fabuloso- y hará un año en el Liceu (ésta última experiencia fue mística y quizás la mejor de todas). Lo defendí. A capa y espada. Incluso cuando se le criticaba por canciones “a lo 007” y otros discos pseudo acústicos, en los que frenaba la rabia y el acelerador vital de Chris ya no era estrictamente el rock o grunge de origen. ¿Por qué lo hacía? Su voz fue siempre la misma y se adentró siempre en lo más profundo de mi cerebro. Siempre me estremeció. Como ahora su marcha. Sigo descolocado. Y se le echará de menos. Mucho.

JORDI SÁNCHEZ

COMPAÑÍA EN DIAS SOMBRÍOS

Crecí escuchando bandas muy potentes y mucho Punk del País Vasco. Pasé casi una década acompañado del sonido de Metallica, Pantera, Sepultura, Machine Head, La Polla Records y Eskorbuto. Descubrí la voz de Cornell por casualidad, lo recuerdo como si hubiese sido la semana pasada: en el año 1999, cayó en mis manos un número de la revista Rolling Stone, y en aquel número se reseñaban los mejores discos de los 90. Leí todas las reseñas y ya no hubo vuelta atrás. A raíz de este acontecimiento, me compré, uno tras otro, el ‘Ritual de lo Habitual’ de Jane’s Addiction, el ‘Dirt’ de Alice in Chains, ‘Purple’ de Stone Temple Pilots y el ‘Superunknown’ de Soundgarden. Me impresionaron todos, claro está; pero fue este último el que marcó la diferencia sobre el resto de mis descubrimientos. La forma de cantar de Chris Cornell y la extraordinaria técnica guitarrera de Kim Thayil me dejaron alucinado. Su sonido stoner tipo Black Sabbath y esos descomunales, angustiosos y, a la vez, preciosos temazos me marcaron para siempre. El otro día me enteré del fallecimiento de Chris y pasé todo el día escuchando su música: volví a quedarme estupefacto ante la grandeza del álbum ‘Superunknown’. Ayer, por casualidades del destino, me encontré con la edición 20 aniversario del citado álbum y no pude decirle que no: decidí que esa última adquisición sería mi adiós personal a la figura y el talento de Chris Cornell. Desde la fecha de su fallecimiento, se han especulado muchas cosas: dicen que se quitó la vida, también se dice que pudo ser asesinado… No quiero creerlo. Prefiero pensar que esa voz sigue ahí. En tiempos tan mediocres para la música, no nos podemos permitir el lujo de perder talentos tan descomunales.

NACHO GARCÍA ÁLVAREZ

UN TALENTO TRASCENDENTAL

Descubrí a Soundgarden tarde. Como otros, fueron víctimas de una cabezonería adolescente que me alejó de todos estos grupos de Seattle que tan malamente quisieron agrupar en un sólo género. Y no es que no me gustaran, porque recuerdo claramente, en plena era del videoclip, sentirme fascinado por el apocalíptico crescendo de “Black Hole Sun” y darme cuenta de que la urgencia y la rabia de “Jesus Christ Pose” y “Rusty Cage” no tenían nada que ver con la tediosa panda de llorones en camisas de leñador que nos estaban presentando los medios. Simplemente, no ahondé. Luego, llegó el momento de Audioslave, a quienes presté más atención por mi afinidad hacia Morello y sus tropas, aunque no pasaron la barrera del segundo disco. Y mientras Chris Cornell se centraba en su carrera en solitario (que, vista ahora en perspectiva, ha dado tanta cal como arena) yo solo tenía claras dos cosas sobre su figura: que no conocía a una sola chica que escuchara rock que no se muriera por sus huesos, y que el tipo tenía un talento que trascendía cualquier debate estilístico. Y entonces el tiempo, como suele hacer, lo puso todo en su sitio. Pasados los años y las tonterías, hasta me avergüenza no haber visto en su momento la fuerza con la que Cornell impactó el mundo del rock durante más de dos décadas. Hace ya tiempo que ‘Superunknown’ se convirtió en uno de mis discos de cabecera (en gran parte gracias a esas monumentales “The Day I Tried To Live” y “Fourth Of July”, que en tantos buenos y malos días me acompañan) y, ahora más que nunca, no me queda otra que reconocer mi error y mostrar mis respetos ante el hombre. Hoy, Chris Cornell ya no está con nosotros. Pero con nosotros sigue un legado que ya es eterno y que va a seguir emocionando y acompañando a miles en los años que están por venir. Hasta a los que, como yo, lleguen tarde. Descanse en paz.

ISAAC MORA

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