REALIDADES DE FICCIÓN

In BUSCANDO RELOJES, OPINIÓN

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La transformación se invierte entre misterio y vergüenza, mientras la cosa que soy se convierte en algo más: parte personaje, parte sensación. (Bauhaus, “Mask”)

Una máscara nos dice más que una cara, afirmaba Oscar Wilde. También decía el autor de El retrato de Dorian Gray que el hombre es menos sincero cuando habla por cuenta propia, y que sólo se necesita darle un antifaz para que éste se suelte el pelo y diga la verdad. Un juego de muñecas rusas en el que nos vemos sumergidos día a día, dando tumbos constantemente entre la falsedad más auténtica y la hipocresía más sincera. Verdades podridas y mentiras como puños, en un escenario –ese que Shakespeare extendiera a todos los rincones del globo y al que cantaron los Rush de Moving Pictures– en el que, a la fuerza o no, nos vemos obligados a interpretar todo tipo de papeles para que la función no decaiga. Damos entonces por asumido que nuestro verdadero yo debe esconderse tras una careta, arropado por un brillante disfraz, para poder ser quien realmente deberíamos ser; y, tras ello, hay ocasiones en las añadimos una nueva máscara a la máscara, a fin de ser lo que nunca seremos. Matrioskas que nos justifican y, en cierta medida, nos redefinen más allá de nosotros mismos. El truco, por supuesto, está en no perder de vista al actor, refugiado bajo todas esas capas.

Piensa en un Bowie folk cansado de flotar en el espacio bajo el alias de Major Tom; visualízalo ahora alcanzando la gloria tras mutar en glamoroso alienígena redentor; luego, metamorfoseándose en un cantante de soul plasticoso; más tarde, consumido por sus demonios en el pellejo del decadente y delgado Duque Blanco. Diferentes antifaces para un mismo antihéroe en constante evolución. Ahora piensa en Tony Clifton y en Hank Chinasky. Apaga el televisor cuando aparezca Slim Shady o Hannah Montana. Tómate un cóctel con el mismísimo Buster Poindexter y brinda por todos esos artistas a los que su propia cara se les queda pequeña a la hora de ir más allá y descubrir (o exponer) partes de sí mismos que necesitan de ciertos eufemismos para darles sentido. Piensa en John Lennon aseverando lo mucho que deja la realidad a la imaginación y a los sueños mientras se embutía en su traje verde fosforito junto al quimérico Billy Shears, joder. A esto del entretenimiento, un poco de fantasía no le va nada mal de vez en cuando, especialmente cuando la realidad se convierte en algo demasiado anodino o amargo. Mientras un buen puñado de ídolos de tres al cuarto llevan décadas exhibiendo abrumadores y calculados personajillos mediáticos hechos a medida (sí, me refiero a esos que tenéis en mente ahora mismo), tratando de vender autenticidad 24/7 y ocultando una evidente falta de talento tras el cartón-piedra, siempre es de agradecer que existan tipos que, como los avispados empresarios Gene y Paul, el viejo Alice o, sin ir más lejos, nuestro querido Lon Spitfire, sepan hacer su trabajo con la habitual diligencia y las dosis justas de magia, desprendiéndose sabiamente de sus máscaras nada más bajarse de las tablas. No olvidemos que cada escenario necesita de su propia careta, al fin y al cabo, y que la fina línea que separa burda parodia de sentido homenaje a veces puede llegar a confundirse si uno no se ciñe al papel. O tiende a la sobreactuación.

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Esta necesidad de escapar de la ‘realidad’ puede llevar a que, en ocasiones, la caricatura resulte más atractiva que el modelo original; más excitante y genuina si cabe. Dejémonos cautivar por lo grotesco de vez en cuando, y aplaudamos la hipérbole sobre el más-de-lo-mismo. Por una vez, disfrutemos viendo cómo el deforme Hyde muele a palos al canónico Jekyll, aunque por regla general siempre acabe ganando el correcaminos. Abracemos el esperpento, maldita sea, que eso nunca hace daño y además resulta muy sano. Negar la relevancia de la figura del bufón equivale a olvidar la importancia de reírnos de nosotros mismos, enquistados en una irrealidad presuntuosa y vacía. Así que, una vez más, pongamos el volumen a once mientras pinchamos a los Rutles o a los mayestáticos Gigatron, y recordemos lo que realmente  importa; el humano alter ego del metal god Charly Glamour no podría resumirlo mejor:

“El personaje soy yo sin complejos ni ataduras. Es mi yo adolescente, el yo vital, insatisfecho, codicioso, hedonista, hambriento, radical, irracional, soberbio y soñador que todos fuimos y nos vimos obligados a dejar de ser. Creo que esa es la clave: cuando me subo a un escenario, intento volver a sentirme como cuando escuchaba con cascos el ‘Powersalve’ de Maiden en el salón de casa, viendo el careto de mi padre ante el telediario, o como cuando espiaba las pelis de ‘Mis terrores favoritos’ escondido tras la puerta, o veía Privates en el baño… Esta dualidad me permite satisfacer la necesidad y la posibilidad real de vivir en mundos imposibles construidos a mi medida, aunque sea de vez en cuando. Además, es divertido de cojones”.

ALBERTO DIAZ

[Originalmente publicado en el número de Mayo 2013 de Ruta 66]

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