METALLICA: ¿DISPOSABLE HEROES? (VI)

HOMBRES DE GRIS

Sería absurdo ponerse a discutir la relevancia de Metallica en el mundo del rock. Creo que hasta ahí todos estamos de acuerdo. Pero debe ser lo único, porque parece que las opiniones sobre los antiguos hombres de negro tienden a la polarización absoluta. Yo, por mi parte, debo quedarme en un gris.

Metallica ha sido mi grupo favorito durante gran parte de mi vida. Que se dice pronto. Corría el 93/94 cuando le eché el guante a ‘Ride The Lightning’ y ‘…And Justice For All’. Por entonces el cuarteto se encontraba en algún punto entre la colosal gira del ‘Black Album’ y el giro estilístico que les llevaría a perpetrar ‘Load’, pero poco me importaba a mí, que descubrí en “Ride The Lightning”, “Creeping Death”, “Blackened” o “Dyer’s Eve” las mejores canciones que habría podido desear nunca. Poco tardé en conseguir los otros tres discos que completan el bloque imprescindible de los de San Francisco. Todos y cada uno de esos álbumes me fascinaban. De “Motorbreath” a “Sad But True”, pasando por “Welcome Home (Sanitarium)”, cualquier tema podía ser mi favorito en algún momento concreto, y no era capaz de encontrar una sola banda capaz de hacerle frente a esos cuatro tipos que tan poco parecían tener que ver con el resto de su escena. Lo tenían todo. Una imagen sobria – otro punto a favor, Metallica era de las pocas bandas nacidas en los 80 de las que podías colgar un poster en tu habitación sin que sus pintas te avergonzaran – , una rabia inagotable, y una colección de canciones soberbia. Y luego estaban los directos.

En algún momento cayeron en mi poder las cintas del ‘Live Shit: Binge & Purge’. Podría decir que en mi febril cabeza adolescente aquello fue lo más grande que se podía esperar de la música, pero me atrevo a afirmar que eso no fue un delirio de fanático. El concierto de Seattle’89 incluido en esa caja sigue siendo, treinta años después el techo para cualquier grupo de metal que se suba a un escenario. Y aunque ni ellos mismos puedan igualarlo, sería injusto decir que Metallica flaquea sobre las tablas. Aun teniendo que mantener al cada vez más desastroso Lars Ulrich tras la batería, cada concierto capitaneado por James Hetfield sigue siendo un espectáculo digno de disfrutar. Metallica dejaron hace mucho de ser unos adolescentes eternamente furiosos para convertirse en los CEOs de una multinacional, pero es innegable que saltan al escenario con las lecciones aprendidas y con un objetivo claro: Que no te arrepientas de haberte gastado la pasta en una entrada; si tienen que ningunear un disco recién publicado porque se dan cuenta de que nadie quiere escucharlo, se lo saltan sin despeinarse – que tomen nota otros grupos que te meten las novedades con embudo- y si para tener otra excusa para seguir girando tienen que recurrir a ideas como dejar al público confeccionar el set list, lo hacen y les sale bien. El Rock’n’Roll tiene su punto de engaño y Hetfield, cincuentón y millonario, sigue poniéndose una chaqueta con parches de Venom y plantándose delante de cuarenta mil personas que durante casi tres horas se convencen de que no es el mismo tipo que va en chanclas a comprar en Armani y que cuando se aburre vuela a Siberia a disparar a osos. Quizás no les da para ganar el punto de la autenticidad pero desde luego saben simularla.

¿Y dónde está el pero? Pues supongo que en mí mismo. Han pasado veinticinco años años desde que metí la cinta de ‘Ride The Lightning’ en mi radiocasete por primera vez, y veinte desde mi primer concierto de Metallica. No me he parado a escuchar ‘Hardwired… To Self-Destruct’ entero, pero, para ser justo, tampoco lo he hecho con ‘Firepower’, ‘The Book Of Souls’, ‘For All Kings’ o prácticamente ningún trabajo reciente de las bandas que me apasionaron de adolescente (aquí habría que mencionar a Slayer como honrosa excepción) y cada vez me cuesta más sentir algún estímulo en conciertos en los que el público supere las dos mil personas. O por poner un ejemplo práctico: Con lo que costaba una entrada para el Sant Jordi en su última gira, me fui a Valencia a ver a Kvelertak en una sala con aforo para quinientas. Son circunstancias personales de las que no puedo culpar a ninguna banda pero que tampoco estropean mi relación con ellas. Por eso mi defensa de Metallica tiene más de tibia que de apasionada, y a cualquier aficionado con los oídos curtidos le diría que Metallica ya le han dado todo lo que le podían dar y que es hora de buscar en otros lugares. Pero a quien acabe de llegar, se lo diré sin ninguna duda: Antes de empezar a desteñir, los hombres de negro fueron los mejores. Y como esto tiene mucho de nostalgia, podríamos decir que lo siguen siendo. Ahí está Seattle ’89 para demostrarlo.

TEXTO: ISAAC MORA

FOTOS: LECUMBERRY






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