LOS SILENCIOS MUSICALES: ¿EFECTISMO, NECESIDAD O AUTO DESTRUCCIÓN?

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Siempre me ha fascinado el tema de los silencios, y más si estos son musicales. Pero claro, ¿hasta qué punto son recomendables? ¿Cuándo son necesarios? ¿Por qué en muchos casos son, directamente, un suicidio comercial? ¿Qué estoy queriendo decir? Pues varias cosas, o quizá ninguna. Baste con viajar a los noventa para recordar la necesidad de romper ese silencio a ritmo de crujiente riff. ¿Era más importante el silencio o romper con él? Todos nos enamoramos de aquellas paradas, de aquellos interludios en los que no sucedía nada, pero sucedía todo. Algo así como la cebra Marty, y sus rayas blancas sobre negro, o sus rayas negras sobre blanco. Es curioso ponerse a pensar en ello. ¿Acaso no eran igual de grandes los susurros de Chino Moreno como las murallas sonoras de Stephen Carpenter? De un tiempo a esta parte, el tema de los silencios se ha convertido en una especie de abuso, ya que los temas de quince o veinte minutos vienen siendo un habitual en las nuevas corrientes musicales. ¿Componer óperas magnas sin caer en el tedio? Creo que tiene mucho mérito, pero hay que saber trabajar los silencios para poder convertirlos en arte. Arte hermoso, necesario y hasta terapéutico. Lo de ir a piñón fijo puede resultar hasta cansino.

Pongamos el ejemplo de estilos otrora cerrados, como el black metal: de la fusión nace la riqueza, de ahí que ‘The Satanist’ sea obra maestra, aunque no estemos hablando de un clásico del género, ¿por qué acaso lo tiene? Yo creo que no. Pero Nergal sabe lo que se hace. O ‘Blazava’ de nuestros amigos de Algeciras. Llega el momento en el que olvidas los ingredientes, los sabores, y te adentras en un mundo de silencios perfectos. Sabes que la música te abraza, sientes el cobijo, pero lo que suena es paz sonora, armonía celestial: el silencio hecho arte. ¿Cómo expresar con palabras esa sensación? Después están nuestros queridos Kvelertak, noruegos aventajados, y amantes del buen rock and roll: se liberan de sus ataduras, ahora más que nunca, y paren un single (“1985”) que levita, flota sobre una superficie rugosa, aunque espumosa, punzante, aunque aterciopelada. Es maravilloso. Aunque para eso hay que saber de silencios. O la ausencia de ellos como tales.

Pero hablemos de otros silencios; necesarios o no, e incluso auto destructivos. ¿Por qué las formaciones que amamos desaparecen? Y cuando digo desaparecen, me refiero a que se esconden del mundo, para regresar después con las pilas cargadas. O no. ¿Por qué es tan delicado el saber hacerlo bien? Esos silencios son también necesarios, ¿pero cómo determinar su duración? ¿Acaso no nos morimos porque regresen rápido para volver a hacernos felices? Algunos artistas no deberían regresar nunca; aunque no diré nombres para no herir susceptibilidades. Sin embargo, sentimos que otros TIENEN que regresar, pues el mundo no gira sin ellos. Se me ocurre otro gran ejemplo, que en mi caso se antoja aberración. Mis amados Tool. Nuestros amados Tool. ¿Acaso Maynard y compañía han estudiado este largo silencio? ¿Estarán preparados para volver a reinar? ¿Serán capaces de sonar a los Tool del año 201X? Tengo mis dudas. Son dudas silenciosas. Y es difícil pronunciarse. Aunque creo que la papeleta más difícil la tienen ellos. Una banda única. Una formación endiosada, seguida por miles, venerada por todos aquellos que buscamos más allá de lo estándar. ¿Estamos preparados para la decepción? Yo sí. De hecho, ha sucedido tanto desde “1000 Days” –concretamente una década– que resulta casi increíble que este silencio no vaya a convertirse en la auto destrucción de una de las bandas más excitantes de la década que nos dio vida, existencial y emocional.

MANUEL J. GONZÁLEZ

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