LOS CHICHOS Y EL PRIMAVERA SOUND

Bien, el Primavera Sound confirmó cartel el pasado 21 de enero, y entre los figurantes, se encontraban Los Chichos. Para muchos, una boutade, para otros, una anécdota; para la gran mayoría, una formación absolutamente innecesaria en un festival de ese calibre. La presencia del trío ha levantado suspicacias por pertenecer a esa España cañí o profunda cuando la música de Los Chichos, independientemente de que nos guste o no, forma parte de nuestra historia musical reciente y de nuestro patrimonio cultural. Una cosa muy distinta es que a usted le guste; otra, negar la aportación de los madrileños a la música española. Folclore y cultura se complementan. Y del mismo modo que en Irlanda es difícil disociar las canciones de The Dubliners con las de Thin Lizzy, o en Estados Unidos, las figuras de Hank Williams, Johnny Cash, Elvis Presley, con las de Steven Tyler, Gene Simmons o Jon Bon Jovi, no encontrar un paralelismo en nuestro país entre la rumba -un estilo netamente latino, nacido en Cuba, y que en España lo adaptamos según nuestro criterio-, y el carácter español: visceral y pasional es también una solemne estupidez.

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Si uno revisa el cartel del festival observará que hay de todo: bandas de Psicodelia actual como Tame Impala, el Post-rock de Sigur Ros, el Black metal de los ecúmenes Venom, y luego ya toda una miríada de artistas y formaciones de Electrónica, Pop, Indie, Hip-Hop, Drum n Bass, con lo cual, los organizadores del festival quieren amalgamar a prácticamente todas las culturas y subculturas actuales. La pregunta es la siguiente: ¿por qué no pueden figurar en el cartel el trío liderado por los hermanos Gabarré? ¿En qué se basan muchos? El trío madrileño bien puede impartir lecciones a toda esa caterva de atrabiliarios relamidos subvencionados hasta decir basta quienes, a diferencia de ellos, sí han tenido más facilidades que ellos a la hora de hacer lo que más les gusta: componer, cantar y actuar. Los Chichos llevan más de cuarenta años en activo, hacían música en las postrimerías del Franquismo, cuando el mercado musical era deficitario básicamente porque casi ni existía, y si lo hacía, estaba férreamente controlado por la censura y monopolizado por quienes gozaban de las prebendas gubernamentales. Cuando ellos empezaron en el mundo de la música, trabajaban de jornaleros. Quien haya estado en el campo sabrá que existen pocos oficios que precisen de tanto esfuerzo como es la agricultura. En 1973, año en el que debutaron, muchos chicos que tocan en el Primavera no habían nacido: tienen kilómetros de carretera a sus espaldas e inicios en los que, seguramente nadie dio una peseta por ellos. Conocen el éxito y el fracaso. Pero lo más importante es que saben de dónde vienen y cuál es su público y, sobre todo, se deben a quienes les pagan.

El que firma este artículo no es un fan de la rumba ni de la música de los hermanos Gabarré, pero es muy triste que parezca que tengan que pedir perdón por ser contratados para actuar. Sí: probablemente no vistan bien, también es muy posible que no sean fanáticos de David Lynch, Hanneke -puede que hasta no sepa quiénes son-, y no hayan leído a David Foster Wallace o a Haruki Murakami (ese japonés cuya obra, tomada como referente para adentrarse en el mundo de la literatura japonesa, palidece ante la brillantez de Yukio Mishima, al cual ninguno de los “modernos”, casualmente reivindica) como también es casi probable que ignoren quién es Devendra Banhart o la pose de Isabel Preysler de Lana del Rey y su dicotomía “no puedo con la fama, ¡pero no puedo vivir sin ella”. Del mismo modo que, generacional y culturalmente hablando, Los Chichos no tengan nada en común con los demás artistas que conforman el cartel. Pero el trío madrileño trabajó y mucho para poder hacerse un hueco en un estilo que desde ciertos círculos es considerado como mazorral y grotesco. Llegaron a grabar con una multinacional como Philips; y como bien señala acertadamente el periodista Diego Manrique en su columna del día 22 de enero en el diario El País, “Los Chichos clásicos grabaron para una multinacional, Philips. Hacían discos lustrosos, a toda orquesta; trabajaban con Ricardo Miralles, inmortalizado por sus colaboraciones con Serrat. Se les promocionaba en radios y programas de variedades de TVE”. No todo es casualidad; no todo se debe a su simpatía, no: se esforzaron, y el talento innato que quizás no tenían respecto a otros músicos lo compensaron con actitud y pundonor.

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Pero para criticar a Los Chichos hay que hacer un ejercicio de memoria histórica. Piensen que el Franquismo desmanteló la cultura. Consideren que una vez muerto el Caudillo, España tenía que acometer una serie de reformas institucionales para poder ganarle batallas al tiempo y pretender conseguir en pocos años lo que en otros países llevó dos siglos. Y entre esas luchas estaba la de pretender hacer de la diversidad un punto de encuentro donde confluyéramos todos en todos los sentidos. La gran mayoría de los artistas que actúan en el Primavera provienen del mundo anglosajón: países que no han tenido que pasar en los últimos setenta años por una Guerra Civil, una Postguerra y una Dictadura. Naciones que, afortunadamente, sí han sabido promocionar y respetar a sus artistas (no como aquí, donde se les maltrata continuamente), y no guardan agravios históricos entre sus conciudadanos.

También son naciones en los que el sistema liberal, bien implementado, sí ayudó a que todos compitieran de igual en igual e incentivó a músicos y empresarios para que dieran forma al mercado musical. Queda muy bien recelar de la cultura española y de la de las diversas Comunidades Autónomas que la integran. En un país acomplejado en todos los sentidos, Los Chichos son mal vistos por representar a la España de hace treinta o cuarenta años, ignorando muchos críticos, que es imposible la España de hoy evolucione sin tenderle la mano a la de las generaciones anteriores. La falta de memoria histórica no sólo se puede predicar en materia política, sino también en el ámbito cultural. Y eso, damas y caballeros, sí que es triste.

ALEX PALAHNIUK

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