LA SONRISA DE LEMMY

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El ser humano no está preparado para la muerte, pese a ser consciente de que tarde o temprano es un “trámite” por el que nos toca pasar. A todos. A mí, a ti, a tus amigos, a tus familiares, a tus vecinos y, sí, también a tus ídolos; porque éstos son humanos pese al divismo de algunos, y sienten y padecen como cualquiera. Y cuando un ídolo se va, escuece. Escuece muchísimo, sobre todo si quién se va es una fuerza sobrenatural, un dios al que disfrazaron de humano, como Lemmy. Cuando uno se levanta una mañana, a finales del ya extinto y -definitivamente repugnante- 2015, y lo primero de lo que se entera es que Lemmy ha fallecido, sabes que te aguarda un día duro por delante. No soy de lágrima fácil, y en esta ocasión no hubo excepción, pero pasé uno de los peores días del año. El sentimiento era casi como de haber perdido a alguien muy, muy cercano, cuando lo más cerca que he estado de Lemmy ha sido a unos dos metros entre la valla del viejo Zeleste y el escenario donde nos ametrallaba a decibelios. Siempre fue un referente para mí y nunca dejó de serlo. Podría pasar horas narrando experiencias de mi vida en las que Motörhead fueron banda sonora y la filosofía de Lemmy, un ejemplo a seguir, pero no lo haré. No lo haré porque no quiero terminar cayendo en el topicazo del artículo repleto de lacrimógenos recuerdos y sensiblería; Lemmy se descojonaría en mi cara y me recomendaría emplear mi tiempo en algo más provechoso que lloriquear su muerte.

Veo por las redes sociales el video homenaje que la organización del Resurrection Fest ha subido a YouTube, y contemplo, compungido, como un demacrado y deteriorado Lemmy felicita desde el backstage a los mismos por su décimo aniversario, bromeando con su clásico humor punzante. La magia, sin embargo, tiene lugar segundos más tarde, cuando Motörhead interpretan los bises del último show que darían en nuestro país, y descubres -esta vez alucinado- como el mismo personaje ha rejuvenecido casi veinte años sobre las tablas. Aparentemente, parece que estamos contemplando el mismo show de Motörhead visto una y mil veces, pero eres consciente de que Lemmy no estaba bien y las dificultades que sufrió estos últimos dos años para poder seguir adelante. Leo que algunos seguidores destacan un momento concreto del video que es muy fácil pasar inadvertido, de hecho, ¡a mí se me pasó! Vuelvo hacía atrás y aquí sí, ríete de mí si lo deseas, viejo pistolero, pero derramé una lagrimilla por ti. Porque, deteriorado y enfermo como estabas, se me encogió el alma al verte sonreír mientras el ganso de Phil Campbell se te acerca haciendo el ídem. ¡Qué feliz eras, tío! ¡Cómo te gustaba la carretera, el escenario y el calor de tu gente! Y lo hiciste hasta el final, seguramente pasándolas putas entre viajes, aeropuertos, hoteles y demás, pero cuando subías al escenario… ¡qué feliz eras! Rebosante de electricidad y energía vital hasta que “Overkill” llegaba a su fin y tocaba abandonar el recinto. Te merecía la pena soportar todo el agobio de una gira tan solo por esas escasas dos horas sobre las tablas: me reverencio ante vos, maestro.

THE LEMMY SMILE

No tardé ni un minuto en abrir el Photoshop y capturar los cuatro mejores fotogramas de ese instante, porque supe desde ese momento, que iba a ser la imagen con la que ilustraría este texto. La imagen que quiero recordar de él. La sonrisa de Lemmy siendo feliz. Leo sorprendido a lo largo del día que Mikkey Dee, confirma “el fin de Motörhead”. “No habrán más discos ni giras”, comenta el espectacular batería. ¿Acaso hacía falta “confirmarlo”? Tratar de perpetuar a Motörhead sin Lemmy tiene el mismo sentido que tener prisa y saltar por la ventana de un rascacielos para llegar antes a la calle. Llegar antes, llegarás… pero no vivo. Se acabó la tristeza, no hay más tiempo que perder en lloriqueos. De ahora en adelante, toca celebrar la vida y obra de Lemmy para que el Jefe siga sonriendo.

JOHNNY B. NASTY

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