LA IRREMEDIABLE MUERTE DE LA ESTRELLA DE ROCK

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Que Alberto Díaz me invite a escribir una columna en ROCK ON es ya de por si felicidad. Que además me comunique que la columna podría ser fija y que puedo escribir lo que me venga en gana, es harina de otro costal. Ante todo: gracias, hermano. Como melómano empedernido que soy, y como amante de la provocación que siempre he sido, intentaré, en la medida de lo posible, que mis textos reflejen ese punto de vista que tantos odian, que tantos temen. No dejo de ser un fan de la música más, pero por alguna extraña razón no puedo dejar de teclear. Y podría haber escogido un tema menos manido para ésta, mi primera aportación en ROCK ON. Axl Rose. Sí, ese decadente ser que en algún momento de su existencia se creyó inmortal.

Con cariño recuerdo mi primera camiseta de las pistolas y las rosas, aquel mítico concierto en el parisino Hippodrome de Vincennes; incluso la adquisición de aquellos dos volúmenes de ‘Use Your Illusion’, el canto del cisne de una banda que comenzó en la autenticidad para acabar convertidos en un fenómeno de masas que, a día de hoy, se me antoja incomprensible. Vivir de rentas existenciales debe ser el acto humano menos excitante del planeta tierra. Recuerdo llegar al instituto de Mahón con mi copia del ‘Lies’ bajo el brazo y recibir los zarpazos de aquellos que afirmaban que según qué bandas no podían ser escuchadas por los “heavies”. Pero no me quiero desviar. He sido capaz de disfrutar con el tochaco que se ha marcado mi querido Manuel L. López Sacristán, ‘Forajidos’, un libro que retrata de manera excelsa todas las patrañas relacionadas con el proceso de grabación de ese insulto musical llamado ‘Chinese Democracy’, un subproducto sobreproducido, repleto de triste grandeza, y de un Axl embutido en salchichas e ínfulas de superioridad, provocando, entre otras cosas, que sus desencuentros dieran luz a trabajos como el maravilloso ‘Mer de Noms’ de A Perfect Circle. Axl y sus lamentables secuaces nos visitaron en 2012 en la isla, y bueno, aquella noche se puede resumir en un ‘qué enormidad el show de The Darkness’.

No es odio lo que siento, sino el desentendimiento de aquel que intenta ver lógica en los actos humanos. Soy incluso amante de ‘Spaghetti Incident’, un disco que, con más pena que gloria, nos sirvió de catapulta a algunas formaciones “clásicas” que nunca antes habíamos escuchado. Mirado desde la distancia: bendito disco. ¿Pero lo de ahora? ¿Axl/DC? ¿En serio? Miles de cuarentones flipando con el recalcitrante retorno de la morsa que quiso ser Freddie Mercury (¿o Elton John?). Sí, la morsa. Parece que nos hemos olvidado del paquetón, de la maravillosa figura que lo tenía todo; incluso una voz privilegiada. ¿Qué queda de eso ahora? ¿Y encima hemos de darle las gracias? ¿Por qué? ¿Por cantar bien? ¡Pero si es su puto trabajo! Por ello le pagan… ¡y vaya si le pagan!; y la cantidad de dinero que se tiró al río para ver nacer una de las obras musicales más lamentables… ¿de la historia de la música? En fin. Cuando pienso en todo esto, me siento más Angry Hank que nunca. Creo que es evidente que Axl no cuenta, ya no cuenta. Mientras tanto, decenas de artistas se lo curran, trayendo al mundo artefactos llenos de dolor, de pasión, de tantas otras cosas que en su caso se antojan ridículas. ¿Cuántos años han pasado desde que Guns N’ Roses grabaran una buena canción? Y no hablemos de los miembros originales y sus formaciones paralelas. Aunque ese sería otro tema.

MANUEL J. GONZÁLEZ

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