¿LA DÉCADA PRODIGIOSA? REIVENCIONES EN LOS OCHENTA (y III)

Finalizamos con esta tercera entrega nuestro repaso a los disco que hemos creído que aportaron frescura y vitalidad a los artificiosos ochenta. Dos álbumes que reconvirtieron a bandas titubeantes en los iconos que son hoy en día y el retorno a su esencia urbana y rockera al final de la década de un monstruo de los setenta que ya había dado algunos traspiés.

THE CULT ‘Electric’ (1987)

A diferencia de los casos expuestos por mis compañeros, a mediados de los 80’s The Cult no se encontraban en un punto muerto de su carrera, con los laureles marchitos y necesitados de un revolcón estilístico que los volviera a poner en el candelabro. The Cult eran una banda de trayectoria ascendente. Sus dos primeras entregas, consagradas a su personal mezcla de post-punk y gothic-rock, “Dreamtime” (1984) y “Love” (1985), fueron sendos éxitos. “Love” alcanzó el nº4 en los charts británicos y contenía en sus surcos todo un “She Sells Sanctuary”, clasicazo de nuestra música. Definitivamente, no necesitaban un revulsivo. Afortunadamente -al menos para el que suscribe-, Rick Rubin se cruzó en su destino durante la génesis de su tercer LP. De hecho, cuando entraron en contacto con el Rey Midas de los controles el disco ya estaba grabado y se llamaba “Peace”. The Cult habían cambiado, su etapa de criaturas de la noche quedaba atrás, y Steve Brown, artífice de “Love”, no estaba dando en el clavo. Astbury y Duffy querían sonar agresivos, crudos, desnudos y Brown, estancado en la bruma londinense, no era el tipo indicado. La banda admiraba a Rubin por su trabajo con Beasty Boys, querían ese sonido rompedor “in your face”, pero el barbudo productor nunca había trabajado con una banda de rock n’ roll y no las tenían todas consigo. La intención inicial se limitaba a la remezcla de “Love Removal Machine”, destinada a ser el primer single, pero el flechazo fue inmediato. “¿Os gustan los primeros Aerosmith, Zeppelin o AC/DC?” “¿Queréis seguir haciendo música inglesa para moñas o queréis rockear?” Rick Rubin tenía las ideas muy claras y los británicos aceptaron el reto, regrabando todas las canciones bajo la batuta del tridente mágico Rubin-Drakoulias-Wallace en los Electric Lady Studios de Hendrix. Así murió “Peace” y así nació “Electric” (1987) -efectivamente, toma su nombre de los locales dónde fue alumbrado-, uno de los pilares del rock duro de los 80’s. “Electric” fue vilipendiado por los antiguos fans de The Cult, que no entendían nada ¿Dónde estaban sus elegantes, melancólicos y algo amanerados héroes? ¿Quién eran esa panda de garrulos? Pero, por supuesto, fue recibido con los brazos abiertos, especialmente en USA, por toda una generación ávida de emociones fuertes. “Wild Flower”, “Peace Dog”, “Lil’ Devil”, “Love Removal Machine”… una colección de himnos imperecederos, riff tras riff, que allanaron el terreno a ese cataclismo venidero pocos meses después llamado “Appetite for Destruction”. Cierto es que la fase hard de The Cult no duraría para siempre; apenas un lustro dorado que dejaría paso a una serie de permanentes mutaciones sónicas -siempre excitantes, siempre con su incuestionable sello de calidad- que siguen hasta nuestros días. Sin embargo, si las piezas de “Electric” -y del continuista “Sonic Temple” (1989)- todavía son la columna vertebral de sus recitales, por algo será. SAMUEL GUILERA

R.E.M. ‘Document’ (1986)

Es fácil atribuir el inicio de la sobreexposición mediática de R.E.M. a Out of Time, publicado en 1991, pero antes de aquel disco, casi perfecto, hubo dos que aplanaron el camino. Document (1987) y Green (1988) prepararon el terreno para la explosión incontrolable que supondría el primer trabajo noventero de los de Athens. Las once canciones de Document supondrán la primera inclusión de R.E.M. en el top ten de Billboard y, lo más importante, lo harán sin perder identidad, con un disco contundente, rotundo, de rock en toda regla. Un álbum que lo tiene todo y todo bien. Alejado de las producciones enlatadas que caracterizarían a la década, Document es el nexo de unión con algo más grande. Y, además, supone la definición definitiva de R.E.M. como banda. El grupo opta por un sonido mucho más amplio, menos atmosférico y denso que en sus discos anteriores. Coloca en primer plano la voz de Michael Stipe, las guitarras afiladas de Peter Buck y los insuperables arreglos vocales de Mike Mills. Convierte esos tres elementos en su marca de fábrica, y la cosa funciona como nunca. Con un inicio aplastante con «Finest Woksong». Dejando claro desde el principio que ellos y los ochenta tenían poco que ver. Según apuntaría Jordi Bianciotto en Popular 1, “todo un trallazo que muestra la evolución sufrida por el grupo en los últimos cinco años”. Dando paso luego a la política y cruda «Welcome to the Occupation», para seguir con el pop luminosos a lo B-52s de «Exhuming McCarthy». La líricamente oscura «Disturbance at the Heron House» deja paso a la manifestación de su devoción por el post-punk británico, al versionar el «Strange» de Wire. Y luego dos platos fuertes. Casi sin dejarnos respirar. «It’s the End of the World as We Know It  (And I Feel Fine)», himno desde su primera nota y heredera del «Subterranean homesick blues» de Bod Dylan, y la no menos icónica «The One I Love», curiosamente su primera canción abiertamente de amor, aunque nadie lo diría oyendo su base instrumental. Tras ellas es difícil que «Fireplace», la aparentemente descolocada «Lightnin’Hopkins», la velvetiana «King of Birds» y una «Oddfellows Local 151» en la que Peter Buck se deja llevar como nunca, mantengan el nivel, pero, sin duda, cierran el disco de manera más que precisa. Un hito de la década y un paso definitivo hacia la consagración de R.E.M. como un grupo estratosférico. EDUARDO IZQUIERDO

LOU REED ‘New York’ (1989)

La obra de Reed en la década de los ochenta fue extensa y llena de altibajos, como la de casi todos los artistas que cruzaron la década llegando cansados de los añorados setenta. Discos como ‘Growing up in public’ (1980), ‘The blue Mask’ (1982), ‘Legendary Hearts’ (1983), ‘New Sensations’ (1984), ‘Mistral’ (1986) se sucedieron con más o menos suerte gracias al aura de mito que rodeaba al de New York, pero sé -y nadie me lo puede negar-, que cualquier hijo de vecino que se dedicase a tocar en una puñetera banda de rock and roll en aquel lejano 1989 respiró aliviado y dejó de sentirse huérfano al pinchar, por primera vez, el majestuoso “New York” del maestro. Esas maravillosas guitarras enredadas, revoltosas y abiertas en canal a derechas e izquierdas, como si de un local de ensayo se tratase, dejando en el medio el espacio perfecto para que los poemas se susurren sin esfuerzo a tu oído a medio camino entre el suspiro y la plegaria, hicieron que para muchos este disco significara la resurrección del Rock con mayúsculas. Catorce cortes con vida propia, pero unidos por un hilo conductor creado por el propio Lou, y así explicado en la contraportada del LP original, para ser escuchado como si de un libro o una película se tratase. Una obra maestra del Rock and Roll y un portazo de lujo a los nauseabundos 80´s.Pura magia lourritiana. JUSTO CONDE

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