DEEP PURPLE MK III (1973-1975) (1ª PARTE)

Dentro de pocos días Glenn Hughes iniciará una gira por España rescatando su legado junto a Deep Purple y nos ha parecido buena idea rememorar las glorias y turbulencias internas de la formación que llevó a la maquinaria púrpura a otro nivel. Con todos vosotros la primera parte de la breve pero intensa existencia del MK III.

LA NECESARIA REINVENCIÓN DEL MITO PÚRPURA (PARTE 1)

Parece que el ser humano está predestinado a desear todo aquello que no tiene. Ya hace unos cuantos años que una ingente cantidad de aficionados al rock no cesa de reclamar por activa y pasiva el retorno de la segunda gran formación de la púrpura profunda; visto que el quinteto que dio gloria a tan insigne nombre ha sido incapaz de devolver  el lustre que tenían en los tiempos de Machine Head o Made In Japan, parece que las esperanzas están depositadas en que David Coverdale y Glenn Hughes hagan salir a Ritchie Blackmore de la merluza renacentista que lleva encima.

No quiero entrar en matizaciones personales de si semejante conclave sería buena idea, pero prefiero que no suceda: el nombre de Deep Purple ya está bastante ajado a día de hoy y parece que el quinteto (imposible ya por razones obvias) integrado por Coverdale, Blackmore, Hughes, Lord y Paice es lo único que el seguidor medio del rock parece enaltecer. Que tomen nota de sus contemporáneos Led Zeppelin: ¿por qué las huestes de Jimmy Page reciben ofertas multimillonarias por girar? ¿Por qué, de repente, su legado musical parece de valor incalculable? Por un matiz muy simple: hace ya más de treinta años que dejaron de funcionar como banda y, salvo excepcionales ocasiones, no ha habido reagrupaciones en toda regla. Si Led Zeppelin estuvieran girando desde 1984 y con bajas notables en sus filas, lo más probable es que estuvieran en un plano mucho más terrenal y fueran carne de festivales metálicos del montón. Y con esto se vuelve a la sentencia que inauguraba estás líneas: se anhela lo que no se tiene. Volviendo al tema púrpura, los años del MK III (así se conocen las diferentes formaciones del combo) parecen ser el único reducto de gloria que le queda a los creadores de «Smoke On The Water» y, desde aquí, se intentará rememorar sus grandes logros.

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¿QUIENES SE PIENSAN QUE SON?

Para hablar de la tercera formación de Deep Purple hay que remontarse a los turbulentos últimos meses del MK II. A finales de 1972, la banda está tocando el cielo con la palma de sus manos: son uno de los combos de rock más famosos del planeta y sus obras cumbre (Machine head y el reciente Made In Japan) están despachando ejemplares por millones. Sus presentaciones en directo son posiblemente las más feroces del rock, pero lo que se ve desde fuera es una simple ilusión. En realidad, nos encontramos ante una banda que está implosionando y que en breve dejara ver todas sus grietas. Tampoco es que sea nada nuevo en este mundillo: el descomunal éxito, los carácteres difíciles y las continuas giras han conseguido que los cinco personajes no se aguanten ni un tiro en broma entre ellos (especialmente Gillan y Blackmore); a estas alturas, parece que los logros alcanzados les importan un pimiento, y algunos de ellos ya tienen en miras un futuro que para nada tiene color púrpura. El vocalista Ian Gillan tiene claro que cuando acaben los compromisos firmados (el álbum Who Do We Think We Are y algunos conciertos) salta de la nave sin pensárselo dos veces. Curiosamente, su archienemigo Ritchie Blackmore tiene pensado lo mismo; es más, está intentando reformar un antiguo proyecto llamado Babyface, en cuyo combo contaría con Ian Paice para que le diera a los parches, Phil Lynnot al bajo y Paul Rodgers como vocalista. Así que Deep Purple se quedan en principio con Jon Lord y Roger Glover como únicos miembros remanentes.  En un principio, el afable organista no tiene intención de seguir con la historia, pero el management le insiste mucho para que no tire la toalla: el nombre tiene mucho peso en el universo rock y se le plantea el fichaje de guitarrista, vocalista y batera nuevos para seguir exprimiendo el filón. Nos encontramos en la primera mitad de 1973 y el grupo está dando sus últimos conciertos juntos. El amigo Lord entonces tiene la brillante idea de hablar con el irascible Blackmore para pedirle que siga en la banda con un vocalista nuevo que no tenga nada que ver con el estilo de Gillan. Curiosamente, el ahora juglar accede, pero con una condición: no quiere a Roger Glover. La decisión de Blackomore ayuda también a que Paice se quede, ahora sólo queda decirle al fiel bajista que cuando acaben las responsabilidades firmadas sus servicios ya no son necesarios. Por supuesto, en un historial lleno de traiciones y malos rollos como el de Deep Purple no iban a decírselo a la cara: sencillamente, dejaron de hablarle hasta que el buen hombre se tuvo que enterar por los managers de que Ritchie Blackmore había puesto un ultimátum, y que los demás miembros habían optado por el guitarrista. Al menos, se dejó que el pobre Roger anunciara que dejaba al grupo de su vida en vez de la humillación pública de una expulsión. El 29 de junio de 1973 en Osaka fue el último concierto del MK II hasta 1984.

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NUEVOS JINETES DE LA SAGA PÚRPURA

Lo peor ya había pasado y el triunvirato Blackmore/Lord/Paice, que era el armazón sobre el que se había sustentado el combo, volvía a estar compuesto y sin novia. Pretendiente había alguno, pues parece que Ritchie Blackmore ya daba por hecho que Paul Rodgers iba a ser el nuevo vocalista del quinteto, pero por razones que nunca han sido aclaradas del todo, decidió abandonar el barco a las primeras de cambio para enrolarse en una nueva aventura con Mick Ralphs y Simon Kirke, que a la postre acabarían siendo los celebérrimos Bad Company. Parece ser que al ex vocalista de Free no le gustaron nada una serie de tempranas filtraciones a la prensa, en las que ya se le adjudicaba el rol de sucesor de Ian Gillan. Años más tarde, el mismo Rodgers declararía que él nunca dijo que iba a ingresar como vocalista de los creadores de In Rock, más bien  que simplemente había mantenido alguna conversación con Blackmore para tocar juntos algún día y ver si salía algo de ello. Sin demora, y tras semejante jarro de agua fría, el trío cargó las baterías y se puso en busca de bajista y vocalista. El primer puesto no les supuso demasiado esfuerzo: hacía ya tiempo que le habían puesto el ojo encima a Glenn Hughes, bajista y vocalista del trío Trapeze, excelente maquinaria rock con marcadas influencias negras que -aunque no acababan de despegar en la pérfida Albión- en los Estados americanos del sur tenían una considerable reputación. Tentado más por la maquinaria económica Púrpura que por afinidad estilística, el bajista aceptó pensando que sería el único vocalista del combo, ya que (aparte de darle a las cuatro cuerdas con mucha sapiencia) poseía una voz prodigiosa, aunque de patrones demasiado soul y funk para Ritchie Blackmore. En realidad, el hombre de la strato blanca quería orientar el tono de la banda hacía paisajes más blueseros y razón no le faltaba: Rodgers hubiera sido el más indicado. Era tal la obcecación del actual juglar por ese timbre vocal que esa era la principal premisa a la hora de buscar una nueva garganta para el combo. Tras arduas y tortuosas pruebas con infinidad de vocalistas, el codiciado puesto se adjudicó a un completo desconocido sin ninguna experiencia profesional: David Coverdale; y eso que todo apuntaba a que el puesto no sería suyo por diversos motivos. La maqueta que mandó al centro de operaciones de los creadores de Machine Head era un completo desastre a nivel técnico, aunque fue el bigotudo Jon Lord quien se percató de que ahí había una voz a tener en cuenta. Mejor no fue la impresión dada cuando se presentó para la codiciada audición: de entrada, llevaba una buena merluza debido a que le había estado dando al bebercio para aplacar el estado nervioso en el que se encontraba y su imagen era una desastre (bizco, con gafas, la cara salpicada de erupciones y, encima, con sobrepeso). Pocos dirían que, muy poco después, se convertiría en una especie de adonis rockero con unos movimientos e inflexiones vocales que incitaban al más puro fornicio. A pesar de las vicisitudes señaladas, el jovencito David dio la talla y el trabajo le fue adjudicado, a pesar de ciertas reticencias de Richie Blackmore por su infausta imagen, tema que se solventó con cirugía ocular, dieta y cambios en los hábitos alimenticios.

XAVI MARTÍNEZ

(En breve, seguiremos ahondando en el blindaje de tan imprescindible etapa en el seno de la Púrpura Profunda. MK III, Part II… coming soon)

 






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