DAVE GROHL: EL TARTUFO DEL ROCK

Hay muchos músicos, como por ejemplo el señor Dave Grohl, que, por lo que se ve, tienen un severo problema de autoestima. El ex batería de Nirvana y líder de Foo Fighters, desde que comenzó con su banda tras el fenecimiento de Kurt Cobain, ha querido erigirse en una especie de César Augusto en el mundo del Rock, que no es que le quede grande: resulta hasta ridículo. El problema con el músico norteamericano no estriba en su banda, la cual, independientemente de las consideraciones musicales que uno pueda tener de ésta, ha conquistado un amplísimo sector y eso es incuestionable; el nudo gordiano del asunto se encuentra en la omnipotencia de un músico que, últimamente, tiene la imperiosa necesidad de figurar por acción u omisión en cualquier tipo de envite u acontecimiento. ¿Y saben qué sucede? Que todo administrado en pequeñas dosis es placentero; ahora, la continua política que sigue Grohl de querer hacernos partícipe de cada una de sus acciones está empezando a generar rechazo incluso hasta en muchos de sus fans.

Cada vez más recuerda a Bono o al propio Matt Bellamy, músicos que, revestidos de la auctoritas o posición de privilegio que les confiere el haber conquistado una posición eminentemente privilegiada en el mundo de la música, deciden hasta qué punto hacer del marketing no ya una forma de promoción, sino de usar lo que Mario Vargas Llosa denunciaba en ‘La civilización del espectáculo’: el uso de Internet y los medios de comunicación como el triunfo de la banalidad. ¿Se han dado comportamientos parecidos en la historia del Rock? Sí, por supuesto; pero, últimamente, vivimos en una época en la que delimitar lo que es divertimento y estupidez es francamente difícil. La última noticia por parte del músico norteamericano de anunciar una disolución ficticia de su banda para cachondearse de sus fans y de la comunidad rockera, no es más que una muestra de que el ego de Grohl es una muestra de su inseguridad.

2014 Summer TCA Tour - Day 3

Siempre fue así. En Nirvana, siempre cultivó una secreta inquina a Kurt Cobain que, con el paso del tiempo, fue envenenándose. El problema entre ambos no sólo era de incompatibilidad de caracteres, sino también de jerarquías. Cobain manejaba Nirvana con firmeza, mientras que un inquieto Dave también quería que sus composiciones siempre fuesen tomadas en consideración de la misma forma que las del líder del trío de Aberdeen. Nada más lejos de la realidad: Cobain, en uno de esos comentarios inoportunos que solía hacer en la intimidad, deslizó que éste era un mal batería y, claro, la polémica, la guerra fría y el punto de partida para una inminente fractura estaba servida. En cierto modo, el gregarismo que tuvo que llevar a cabo influyó en su forma de proyectar la soberanía en Foo Fighters. El Rock siempre ha sido proclive a la dominación entre individuos que conforman un mismo grupo: la rivalidad entre Brian Jones y Keith Richards, por ejemplo, no sólo estuvo propiciada por la figura de Anita Pallenberg, también por el peso compositivo del primero, el cual, pese a su innegable talento, estaba a expensas de lo que estipulasen los Glimmer Twins. Lo mismo sucedió, en cierta medida, entre Slash e Izzy Stradlin: pese a que el primero supiese que los focos estaban en su figura, el talento compositivo era dominio del otro. La rivalidad exacerba nuestra identidad al mismo tiempo que buscamos ésta, y con Grohl sucedió lo mismo en Nirvana; de ahí su comportamiento.

¿A la sombra de Kurt Cobain?

Su problema descansa al querer trascender de su figura de músico y surgir como una especie de humorista, y convertirse en un personaje absolutamente irrelevante por ser incapaz de dosificar sus apariciones fuera del ámbito musical. Grohl, con su ubicuidad, puede tapar iniciativas absolutamente brillantes como la de presentarse en una manifestación en contra de los derechos de los homosexuales promovida por la Iglesia Bautista Westboro para ejercer su derecho a réplica. La cuestión es si el líder de los Foo Fighters es consciente de esto. Parece improbable. En su obstinación por ser la novia en la boda, el niño en el bautizo y el muerto en el funeral, no es capaz de llegar a entender que, al igual que el mundo de la música es atractivo por el inmenso poder que a uno le otorga el hacer lo que verdaderamente le gusta, sobre todo si se convierte en un icono de masas, puede ser contraproducente.

El mundo del Rock está lleno de desmemoriados, de músicos que prestaron grandes servicios y que, desgraciadamente, por nuestra infame carencia de memoria colectiva, perecen artísticamente en algún viejo baúl intentando reconstruir su carrera de nuevo. Las redes sociales entronizan a quien tiene el honor de conquistarlas, pero también son un jurado implacable: un veto prolongado puede ser definitivo. No son pocos los casos en los cuales, a tenor de un uso torcido del marketing, éste se ha acabado convirtiendo en perjudicial para las bandas. La arrogancia del primer puesto generan seguridad y confianza; la confianza y la seguridad aparejan ausencia de conciencia crítica; la falta de autocrítica, acomodamiento; el acomodamiento, la inminente cuenta atrás a la desaparición. Amén de ser un músico cobarde. Mientras muchos de sus compañeros y su adorado Lemmy –quien no olvidemos que estaba en las postrimerías de su existencia debido a su cáncer, a quien lloró como si fuera una de las plañideras del Antiguo Egipto-, decidieron seguir adelante con sus giras tras los atentados acaecidos en París que se llevaron la vida de 89 personas en la sala Bataclan durante el concierto de Eagles Of Death Metal, él se retiró corriendo a su país sin tener en cuenta a los fans.

ALEX PALAHNIUK

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