BLACK SABBATH: CINCUENTA AÑOS DE SU DISCO DE DEBUT (V)

OH NO, PLEASE GOD HELP ME!

Era la madrugada de un sábado de mierda. Volvía a casa con menos ánimos que de costumbre, dispuesto a ponerme los auriculares, tumbarme en la cama, y hundirme bajo un muro de música ruidosa. Al entrar en mi habitación, me recibió la presencia de una mujer fantasmagórica, que posaba frente a una casa no menos misteriosa. El primer disco de Black Sabbath, que me habían prestado esa misma tarde, me esperaba amenazante en mi escritorio, y supe que no habría encontrado mejor momento en toda mi vida para darle una primera escucha.

Ya en la cama con los auriculares puestos, me sentí abrumado por la oscuridad que desprende el tema homónimo. Las tres infames notas del riff principal y la voz de un Ozzy Osbourne que nunca más ha estado tan acertado me llevaron de viaje de inmediato. A las putas tinieblas. Aún no había terminado la canción cuando tuve una extraña idea:
Iba a irme a dormir con ‘Black Sabbath’ sonando en bucle.

Vuelvo a empezar, esta vez plenamente consciente del experimento al que voy a someterme yo solo; ojos cerrados, luz apagada. La tormenta, las campanas. Las tres notas. La voz quejumbrosa. Oh, no…

Han pasado, quizás, 20 años de aquella noche. Y aún no sabría explicar de forma certera la sensación de sumergirte en una canción como ésta en tu momento de mayor indefensión. Una y otra, y otra vez. Ni siquiera sé por qué se me ocurrió hacer eso. Pero esa noche sentí que podía entender el pavor de Ozzy, me podía imaginar petrificado ante esa figura oscura. Black Sabbath me sonreían a mí, y yo podía notar el calor de las llamas. Oh no, no, please god help me.
No sé cuántas veces llegué a escucharla antes de caer rendido al sueño. No sé qué soñé mientras esos cuatros tarados de Birmingham me narraban incesantemente aquel encuentro con el Diablo. Pero recuerdo que salí de la cama sudado, desconcertado, y más cansado que cuando entré. La dejé sonar una vez más, ya por la mañana, sin auriculares y a un volumen adecuado. El clímax musical evocó en mi cabeza por última vez toda la imaginería de película de terror que fui capaz de imaginar. Cielo rojo. Una sombra. Una guadaña que corta el aire. Oh no, please no.

Desactivé el “repeat” del equipo de música y permití al cuarteto salir de ese loop infernal – valga la redundancia – para seguir con el disco que, ya al borde de la demencia, me sonaba a gloria. El viaje de “The Wizard” a “Evil Woman”, con parada obligatoria en la gloriosa “N.I.B.” me saca de la pesadilla y me demuestra que, por mucho que mi cabezonería adolescente hubiera tratado de negarlo, los clásicos son clásicos por algo y que ese disco contenía en su interior algo que trascendía al término.

Han corrido ríos de tinta dedicados al primer disco de Black Sabbath; el fin del sueño hippie, el uso del tritono, el endurecimiento del blues británico, y cualquier otro tema relacionado. No tengo nada que aportar al respecto. Pero tengo mi propia historia, sobre la noche en que me zambullí en el mundo que crearon Iommi, Butler, Ward y Osbourne, cuando, hace 50 años, decidieron componer la primera canción creada con el único propósito de aterrorizar al oyente. Jugué a su juego y ellos me brindaron una experiencia que no podría reproducir con ningún otro disco. Y medio siglo después de ser grabados, esa tormenta y esas campanas me siguen dando escalofríos.

ISAAC MORA

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