BE PROG! MY FRIEND (Poble Espanyol, Barcelona 12-07-14)

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Tenía que ocurrir. Tanta efervescencia prog a nivel mundial, y el correspondiente debate entre puristas y renovadores del concepto, debía concluir en un escaparate que diera visibilidad a todo ello. Y parecía que mucha gente compartía este mismo pensamiento, ya que desde el mismo principio del anuncio del festival la euforia ha sido una constante tal, que una vez hubo concluido éste, ya se estaban anunciando algunos nombres para el año que viene: Riverside y el líder de Emperor, Ihsahn. Un enclave perfecto y un mimo excepcional con el público se tradujo en una oleada de buenas vibraciones que perduraron (¡y aún perduran!) durante toda la jornada. Así, los británicos Antimatter tuvieron el honor de abrir la jornada con su rock ambiental, intenso y melancólico, bajo un sol de justicia y ante una audiencia ansiosa de vivir la fiesta desde el primer momento. Un digno inicio de festival, que dio paso a la energía contagiosa de los también británicos Tesseract. La joven formación intenta llevar el metal más allá de sus límites, partiendo de las premisas de bandas como Messhuggah, pero su actuación se vio lastrada por fallos de sonido que a duras penas permitió apreciar los detalles claves de sus elaboradas composiciones. Aún así, sus fans –pequeños en número pero tan entusiastas como ruidosos- lo disfrutaron al máximo. Acto seguido sería el turno de los franceses Alcest, una actuación por la que servidor sentía mucha curiosidad. He de decir que esa mezcla de música ambiental, metal, folk, voces limpias y guturales, dependiendo el tema, me convenció. Pero también es cierto que dicha propuesta sería mucho más efectiva en un local cerrado, pequeño y oscuro. Con Fish, el Festival pasaría a otro nivel. El veterano vocalista sólo tuvo que salir, ponerse al borde del escenario y mirar a los espectadores a los ojos y el recinto ya fue suyo. Su propuesta quizás fue la más prog de todas, si nos ajustamos a la ortodoxia del término, pero ¿realmente importaba? Cierto es que su voz ya no es la que era, pero el hombre tiró de oficio y puso a bailar a todo el recinto, incluyendo al metalerío extremo presente. Para la historia quedará su revisitación de “Script for a Jester’s Tears” de Marillion, su anterior banda. Cuando llegó el momento de Anathema aquello ya era una fiesta. Cierto es que la música de los británicos es más ambiental y melancólica que otra cosa, muy lejos de sus inicios doom-death, pero salieron con tal ímpetu que el ciclón que crearon no dejó títere con cabeza. Desde las dos partes de “Untouchable” hasta la electrónica “Closer”, pasando por temas como “Thin Air” o la final “Fragile Dreams”, las huestes de los hermanos Cavanagh nos llevaron por donde quisieron. Cuando nos quisimos dar cuenta la tormenta había finalizado, dejándonos con ganas de más. Pero era el turno de Opeth y no estábamos preparados para lo que se nos venía encima. Sí, porque los suecos están en un estado de forma fuera de serie, tanto encima del escenario como en el estudio (esperamos con ansiedad su nuevo trabajo “Pale Communion”). Los diez minutos de retraso valieron la pena, porque fue salir la banda al escenario y el cielo cayó sobre nuestras cabezas. Cuando tienes un repertorio con temas como la progresiva-psicodélica “Devil’s Orchard”, “Heir Apparent”, “The Lines in My Hand”, la brutal “Deliverance” (¡con ESE final!) o la preciosa y mágica “Atonement”, nada puede ir mal. Ejecución perfecta, sonido potente y cristalino y profesionalidad son las señas de identidad de una banda que ahora mismo toca el cielo y que ya se ha situado por encima del bien y del mal. Sin olvidar ese peculiar sentido del humor del que hace gala su líder Mikael Akerfeldt, sus bromas sobre Manowar (más que oportunas), el sonido de algunos grupos americanos (“si afinas en RE, cualquier riff mierdoso sonará genial”) o su versión del “You suffer” de Napalm Death (“para que la gente vea que no nos olvidamos de nuestras raíces”) quedarán para siempre en el anecdotario del Festival. Después del terremoto muchos nos hubiéramos ido a casa, pero quedaba la actuación de los suecos Pain Of Salvation. Lo siento, no entendí la historia. Sobreactuación, exceso de posturitas por parte del guitarra rítmico (tan “poser” que podría montar un grupo con el bajista de Barón Rojo), temas que apuntaban en mil direcciones sin acertar en ninguna… Cierto es que sus fans lo disfrutaron como posesos, pero el resto nos quedamos fríos. Un final irregular para un Festival que rozó la excelencia en todos sus aspectos –no estamos acostumbrados a tanto respeto, no en este país- y que promete ser fuente de muchísimas más alegrías.

TEXTO: YURI VARGAS

FOTOS: JOSEP Mª LLOVERA

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